Oh, soledad

Abrió los ojos y lo primero que captó su mirada fue el polvo que revoloteaba en el dormitorio. Por una pequeña ranura de la ventana abierta se intuía un cielo gris más propio de diciembre que del caluroso verano que azotaba la ciudad.
El olor a café recién hecho inundó sus fosas nasales. Se revolvió entre las sábanas celestes que hacían juego con sus ojos y se percató de que Ian no estaba a su lado. Claro, quién si no iba a ser el culpable de aquel aroma que llegaba desde la cocina. Si allí no había nadie más.
Nadie. El golpe de realidad fue doloroso y, aunque pensaba en ello cada día, fue abrumador ser consciente de ello. Cuando Ian saliera por la puerta, volvería a quedarse allí sola, invisible. Como si no existiera.
Tampoco sabía cuándo iba a volver a estar entre sus brazos. Porque Ian era así. Inestable, impredecible. Podía volver al día siguiente, o podían pasar semanas hasta volver a verle o saber siquiera algo de él.
Ella quería más. Y se aferraba a la ilusión de que él también llegaría a querer más algún día. Últimamente su vida iba de eso, de aferrarse a imposibles. Y toda esa incertidumbre era lo único que tenía de él.

Comentarios

  1. No sé cómo ni por qué, cuando más inestable es una persona, cuanto más impredecible, más ganas le tenemos. Al menos hasta que empieza a doler.

    Un abrazo,
    S.

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  2. Que diferente es la perspectiva de cada uno... un abrazo!

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